Carta a quien no llega.
Es tu nombre repetido en la sombra del sol,
el que me da insomnio mal sano,
y ya no veo ni deseo a la muerte galopante con su hoz,
ni menos su trotante cabalgar en este camino hecho de tierra y fuego.
Porque no llegas no hay más esperas,
sólo hay miseras gotitas de colores en las calles
y que hacen arroyos arcoiris elevándose hasta tus ojos que no pretendo ver,
que sólo imagino en este, mi transito taciturno, oscuro y sin prisa.
Llegarás el día melancólico, tarde,
cuando la muerte amiga me dé su mano
y su calor pierda el mío.
Llegarás con tu postura sin palabras
a arrebatar las cenizas de mis pies.
Llegarás sin fuerzas que manipulen las ridículas tormentas
ni para abarcar el manifiesto deshielo
de los compartidos calores del infierno y mi desfallecida pasión,
agónica, en la espera de verte abrir la puerta que encierra mis demonios más angustiosos.
Y sin perdón, si llegas, te iras,
firmemente renacido por el desprecio
que te harán mis óvulos de malos tiempos
sin conexiones mutuas.
Porque hoy ya son criminales y bastardas las razones que le platican con canciones a tus demoras,
y la ira que sembramos tuvo su tiempo de cosechas
para cuando las lágrimas se hacían más que la era
y menos que el infinito valle marfil.
