viernes, 15 de mayo de 2009
La hadita.
La hadita.
Para mi que fue la hierba, no lo sé con certeza, la que me convenció.
Y mientras me reía vi como el hada se posó en el cable del cable.
Era ocre como mis dedos ahora, ya vencidos por el humo, y tenía las alas cansadas, es más,
tenía una rota, ajada por el tiempo de espera.
Sí fue así, bendita seas hierba.
Porque para mis ojos almendras este mundo se ha hecho de corrientes, y la satisfacción de verla a ella, tan pequeña, tan groseramente definida y tan orgullosamente desorientada, no cabe duda que ella no es real, mi hadita.
Y ya son las tres y si he escrito ya sobre los cementerios de cometas, lo hago de nuevo, porque, es hay donde creo que aparecerá nuevamente mi pequeña amiga; justo donde mueren en los días de agosto el papel multicolor.
Hoy ya es tarde y vuelvo a pensar, vuelvo a fumar, la locura, el desquicio está acá a mi lado recostado esperando que la formula verde le de la chance para volver a mi y yo junto a él espero lo mismo y miro sus ojos buscando la manera de que este más presente en mis pulmones que en mi cabeza. Pasan los segundos y nada.
Se fue para siempre.
De seguro que no me vio alucinando con la envidia por querer ser como ella.
